Vive la transformación de la Escuela

La Educación Divergente como respuesta

Hoy, ante la emergencia, es urgente una transformación de la escuela, adaptada a los diversos contextos y con la opción de proveer de las herramientas necesarias al docente para enfrentar los desafíos que se le presentan en el aula día a día.

|

(…) al conocimiento de la educación le compete explicar, interpretar y transformar cualesquiera estado de cosas, acontecimientos y acciones educativas, pero es obvio que, según el tipo de problemas que estemos planteando, unas veces necesitaremos ciencia de la educación (para reglas y normas derivadas del proceso), otras veces necesitaremos estudios científicos de la educación, teorías prácticas y teorías interpretativas (para elaborar reglas para fines dados y orientaciones de la acción hacia determinados efectos que justifica la teoría interpretativa) y también necesitaremos estudios filosóficos de la educación, cuando queramos hacer fenomenología de un fin en sí, estudiar la lógica interna del fin dentro del sistema conceptual de Educación o conocer las consecuencias que se derivan para la educación de una determinada concepción de vida.

(Touriñán, 2008c).

Educación Divergente se alimenta de esta necesidad, pero también se enriquece desde una concepción axiológica que le permite integrar una visión holística de la problemática educativa desde diversas realidades y sin perder de vista las necesidades profundamente humanas que permean al acto educativo. La mayoría de los modelos educativos que se han implementado en la región latinoamericana han sido tomados de experiencias exitosas en otras latitudes, pocas veces observamos lo que sucede en nuestro entorno cercano y cómo muchos docentes crean sus propias propuestas que logran arraigarse y transformar las comunidades generando así procesos gratificantes en sus estudiantes que posibilitan aprender con mayor fluidez y profundidad. Durante tanto tiempo la institución escolar ha esgrimido la famosa frase “la letra con sangre entra” tomada de la evangelización colonial, que es muy difícil eliminar en la práctica cotidiana. Aunque muchos educadores, a nivel público, rechazan esta premisa lo cierto es que la practican cotidianamente en su aula, una vez que la puerta ha sido cerrada. Ahora, todas estas prácticas parecen haber sido desnudadas ante la pandemia, las dependencias y las codependencias emocionales, logísticas y procedimentales que propicia la organización escolar generan grandes vacíos en todo el sistema.

La educación ha recibido dos misiones importantes en los últimos tiempos que, se encuentran contrapuestas: se ha transformado en un ente amorfo, intangible, sin límites definidos, que se piensa que es capaz de abarcarlo todo y por otro lado se ha acotado y constreñido a las paredes de una institución que llamamos escuela. La escuela nos remite a un espacio físico concreto, con características muy definidas, no podemos dejar de pensar, como individuos, en ciertos referentes esenciales, cuando escuchamos la palabra “educación”, entre ellos el timbre del colegio, el recreo, los pizarrones, el ruido del gis; si somos muy jóvenes tal vez pensemos en el sonido del plumón para pintarrón o el proyector, pero siempre nos concretamos a esas paredes, a ese espacio físico en el que se relacionan estudiantes, docentes, directivos y padres de familia, difícilmente pensamos en las calles o en los dispositivos electrónicos como educadores o como espacios de conocimiento, mucho menos los parques o los estacionamientos; los centros comerciales y los supermercados son fuente inagotable de aprendizaje pero no nos referimos a ellos como espacios educativos, ni siquiera los pensamos como parte de un proceso relacionado con la educación. Ellos, se supone, no tienen la obligación de educar, aunque lo hacen constantemente y carecen de toda regulación, normatividad y ni siquiera pensamos que deberían contar con algún tipo de compromiso ético al respecto, hasta nos parece ridículo pensarlo. Ahora, confinados a las cuatro paredes, en ocasiones diminutas, de la casa o el departamento, este acto de aprendizaje parecería imposible ¿realmente lo es?

La educación se va construyendo todos los días, no sólo cuando somos pequeños, sino a lo largo de toda nuestra existencia. Por norma tendemos a reproducir lo que observamos en nuestro entorno cercano, las conductas, las actitudes, las costumbres, los gestos, no sólo de nuestros padres, como les gustaría a muchos de ellos, sino de todos aquellos con los que tenemos contacto, desde el chofer del autobús hasta la estrella de televisión. El ejemplo y la imitación del mismo son poderosos, no podemos omitirlos o restarles valor, lo único que no podemos determinar con exactitud es cuál será el que un individuo seguirá y si la imitación trascenderá la forma y se convertirá en una transformación permanente de conductas, actitudes y creencias.

Conductas, actitudes, creencias

¿Qué es lo que nos hace ser? ¿de qué estamos construidos? Lo que percibimos como la construcción de nuestra personalidad, de nuestra esencia y las habilidades que nos permiten sobrevivir también van acompañadas de conductas, actitudes y creencias de las que no somos, en ocasiones, totalmente conscientes todo el tiempo, pero que finalmente es lo que nos permite desarrollarnos en sociedad, aprender, reaccionar y crecer (o no) en los diferentes ámbitos de nuestra existencia.

Los rasgos del comportamiento humano que son la apariencia externa que percibe la sociedad de nuestro ser individual, podemos dividirlos en conductas y actitudes. Las conductas son de largo aliento, mientras las actitudes pueden ser pasajeras. Las conductas son aprendidas y las actitudes son reacciones emocionales ante un estímulo, aunque también pueden ser aprendidas, se encuentran tan arraigadas en nosotros que probablemente hayan sido integradas a nosotros en etapas muy tempranas de nuestro desarrollo y aún no podemos afirmar que se traten de rasgos de la personalidad que pueden ser heredados.

Cuando hablamos de educación difícilmente pensamos en estos dos componentes como algo que se puede aprender o re-aprender, creemos que es algo dado e inamovible con lo que debemos aprender a lidiar. Pero siendo tan importantes para nuestro desarrollo, pues determinan en gran medida la calidad de nuestra vida, sería necesario replantear su importancia y la capacidad que poseemos de modificarlas o flexibilizarlas de acuerdo a las condiciones ambientales y el contexto específico.

Las actitudes y las conductas son la cara visible de nuestras creencias y estas se van instalando lentamente en nuestro cerebro conforme vamos creciendo. Las creencias son mucho más fuertes que cualquier idea que pensamos como cierta, se va enraizando en nuestro consciente y muchas veces avanza hacia el inconsciente dando forma a la conducta que desarrollamos, fortaleciendo nuestra personalidad y proveyéndonos de identidad. La idea de construirnos en un proceso continuo y con la participación de cientos, miles o tal vez millones de actores, circunstancias, rutinas, ideas y datos es la imagen más adecuada en la que podemos pensar para ubicar lo que nos permite adquirir una identidad, un carácter y desde luego nuestra personalidad, única, irrepetible y, aunque muchos no lo crean, mutable, independientemente de la edad que tengamos.

Los individuos no dejamos de aprender y de entender también, aunque son procesos diferentes en muchos momentos se entrelazan, se confunden y se complementan. Entender lo que está sucediendo a nuestro alrededor depende de la interpretación, pero también de un proceso mental que se va estructurando, refinando y perfeccionando a lo largo del tiempo y aunque muchas veces no entendamos algo podemos aprender algunos conceptos, adquirir ideas, solidificar creencias de lo que hemos vivido. Muchas de nuestras creencias, desafortunadamente no son fruto de la reflexión y el análisis, por el contrario, son producto de la mecanización, la repetición y el dogma. Las creencias también se confunden con otro concepto: la fe. Ese concepto cultural tan arraigado y que se liga indefectiblemente con el pensamiento mágico, provee una explicación única y nebulosa sobre muchos temas, por ejemplo: ¿por qué alguien muere en lo que consideramos “a destiempo”? porque ya le tocaba ¿y qué significa eso? ¿por qué le tocaba? ¿Qué hizo para merecer la muerte? La fe nos responde: porque era un designio divino. A esa respuesta no existe réplica posible para todos aquellos que confían en ella. Sin embargo, la fe descansa sobre la fragilidad de la constante repetición de diversos grupos sociales. Forma parte del imaginario colectivo y no puede ser comprobada, simplemente da vueltas en círculo sin llegar a un argumento realmente irrefutable. Las creencias son similares en muchas ocasiones, se han instalado en nuestra mente, en lugares tan recónditos que ni siquiera sabemos que están ahí ¿por qué creemos que somos malos o buenos, o feos o bonitos, inteligentes o tontos? Tal vez porque alguien nos lo dijo, quizá porque alguna vez fuimos testigos de algún evento que nos lo confirmó (o así lo interpretamos).

Las creencias se traducen en acciones, en conductas y en actitudes también, muchas de ellas se alojan en el subconsciente y nos es sumamente difícil percibirlas con claridad, sobre todo en las pequeñas o grandes acciones cotidianas. Desde luego las hemos aprendido a lo largo de la vida, pero, sobre todo, como ya se ha mencionado, en nuestra primera infancia, cuando muchos de los conceptos no eran claros y nuestra mirada infantil era ingenua o ignorante.

Los ejes

Educación Divergente es un concepto que se desarrolla desde el diálogo y la problematización de las situaciones que se presentan en el aula, en torno a los siguientes ejes:

  • Atención a la diversidad (reconocimiento de la heterogeneidad)
  • Proporcionar las herramientas internas necesarias para enfrentar los desafíos de la nueva Era Digital
  • Elevar los estándares (excelencia)
  • Rescatar la erudición
  • Detonar los talentos

(Castañeda, 2018)

Preguntas ¿Necesarias, importantes, urgentes?

Las preguntas necesarias de la educación.

La propuesta es centrarse en las preguntas que realmente nos guiarán a entender lo que realmente está sucediendo en la educación ¿Quiénes necesitan ser educados? No sólo los estudiantes, sino los docentes, las autoridades y desde luego los padres de familia. Asumir la responsabilidad de enseñar también implica que debemos comprometernos a aprender. Todos somos sujetos de una acción educativa, es decir, a transformarnos a través del conocimiento. Aprender de nuestros estudiantes, del proceso, de la interacción y de las tensiones es parte del trabajo de un educador, en el sentido amplio, lo cual quiere decir que todos los que nos arrogamos el derecho de enseñar (padres, docentes y sociedad) deberíamos estar conscientes de que nuestra apertura debe ser constante, conocer acerca de los estudiantes, de sus procesos, de sus necesidades y desde luego de sus deseos, es primordial para emprender este camino.

¿Por qué necesitan ser educados? Limitar la acción de la educación a un aprehendizaje de conceptos, datos e ideas es acotar en demasía el proceso que nos puede proporcionar un cambio de conductas, actitudes y creencias. Entender las necesidades va mucho más allá del simple utilitarismo, la mayoría está acostumbrado a responder a esta pregunta de manera unidimensional: para ser adulto, para encontrar empleo, para estar “preparado para la vida”. Pero ese último concepto es muy amplio, abarca infinidad de conocimientos, habilidades, actitudes, condiciones e interacciones. Aprender a conducir nuestra emocionalidad, por ejemplo, resulta indispensable para tener una buena interacción social, entender las sutilezas de esa interacción, interpretar los mensajes de manera adecuada, procesar adecuadamente toda la información y responder a ellos es sumamente complicado y requiere de grandes habilidades comunicacionales, del pensamiento y desde luego una gestión emocional que nos permita abrir espacio al llamado “camino alto” del cerebro. Las necesidades no se pueden definir sólo por lo que los adultos requerimos o creemos que requerimos para que nuestros hijos, estudiantes, niños, niñas y jóvenes, se conviertan en personas valiosas para la sociedad. El valor que nosotros otorgamos a ciertos rasgos no necesariamente serán igual de apreciados por ellos y ellas; debemos considerar también lo que esos estudiantes consideran importante. La productividad y el valor de mercado (desde luego el que se otorga a la mano de obra, calificada o no) han regido por largo tiempo las decisiones sociales, no sólo las gubernamentales que actúan bajo diversos paradigmas e intereses, sino lo que se ha instalado en el imaginario social. Pensamos, por ejemplo, en esta dicotomía contrapuesta, que la escuela debe capacitar a los niños y jóvenes para ocupar un puesto de trabajo, en el futuro, desde luego, que les proporcione bienestar material y, lo que nos gusta llamar, “estabilidad”, aunque podemos observar a nuestro alrededor que esta expectativa se va desvaneciendo lentamente no sólo para ellos y su futuro, sino para muchos de nosotros. Este nuevo orden social queremos que siga siendo regido por los intereses del mercado, cuando claramente observamos que estos combaten frontalmente el bienestar social e individual. La vida no podría o no debería concretarse a ser “productivos” o en muchos casos someternos a una “auto-explotación” en aras de asegurar un futuro que, como podemos percibir claramente, no es seguro. Las reglas sociales han cambiado, lo que antiguamente concebíamos como una ruta segura y sin cambios por lo menos abruptos, con un trabajo que se definía desde nuestra elección de carrera profesional, y que permanecía inamovible a lo largo de nuestra vida productiva, proveyéndonos una visión clara del futuro, donde la meta a lograr era llegar a una jubilación para solventar los últimos días de nuestra existencia, se han esfumado. Desafortunadamente nuestra valía como personas sociales ha dependido de este proceso que se ha establecido como un paradigma que funcionó aspiracionalmente durante la Revolución Industrial y un par de siglos después, sin embargo en este justo momento estamos tratando de entender los cambios vertiginosos que se nos han presentado, todavía la generación de padres jóvenes que está intentando educar a sus hijos, mantienen el antiguo paradigma entre sus creencias, no pueden entender que las reglas del juego han cambiado y los sindicatos, los derechos laborales y las garantías sociales de salud, educación, vivienda y vestido se encuentran en un proceso de desaparición. La lógica de la mayoría de la población, al pretender una “educación de calidad” descansa en estos conceptos que cobran nuevos significados.

Ante este panorama resulta difícil contestar esta pregunta y muchos organismos internacionales se han reunido para tratar de dar respuesta ¿es válido el deseo de convertirse en una persona plena, no sólo en la edad adulta sino durante el proceso de crecimiento? ¿podemos pensar que la escuela puede hacerse cargo de garantizar esa plenitud, felicidad o bienestar para los niños, niñas y jóvenes que asisten a ella? Por lo menos en México, las autoridades educativas de la administración eso pensaron. Plasmaron entre los principios filosóficos del Modelo Educativo 2017, la aspiración de que la escuela garantizara la felicidad de los estudiantes ¿no es demasiado pretensioso?

Contribuir a la felicidad de una persona puede ser una aspiración legítima, no sólo si somos una institución, también como personas, amigos, padres, madres, educadores profesionales o cualquiera que sea nuestra relación con el individuo en cuestión, sin embargo, esta contribución será limitada por las propias decisiones de la persona, conscientes o no. La idea de irrumpir, imponer, colonizar al otro, es no sólo invasiva y violenta, sino utópica. Los niños cuando son pequeños crecen bajo la influencia de sus padres y se acostumbran a esa colonización, pero a lo largo del tiempo, conforme van tomando consciencia de su propio poder interno, de su albedrío y la capacidad de tomar decisiones, esta influencia deja de ser tan fuerte como en un principio; es cierto que muchas veces se mantiene durante toda su vida, pero siempre generará cierto grado de rencor al querer mantenerse impositivamente. Cada quien decide el espacio que concederá a la opinión, el ejemplo y la intervención del otro; aun cuando la colonización sea algo natural para la mayoría de nosotros.

Replantear una escuela que no sea invasiva, que no ejerza violencia y que actúe de acuerdo a las necesidades de los estudiantes, tomando en cuenta, desde luego, las de todos los actores del proceso, quizá sea uno de los desafíos más complejos que podamos enfrentar en este momento como sociedad, sin importar el papel que asumamos, como docentes, como estudiantes, como padres de familia, como investigadores, expertos o como autoridad educativa. La horizontalidad de la enseñanza quizá sea en realidad el reto, entender y valorar las necesidades de nuestros estudiantes, desde su perspectiva puede ser una tarea titánica.

La mayoría de nuestros estudiantes no encuentran el sentido de la escolarización que, es justo recalcarlo, no es la única vía de educación. Las necesidades sociales han cambiado radicalmente y lo que antes se pensaba como una institución imprescindible ahora resulta inadecuada, obsoleta, pesada y anquilosada. El estar un número de horas en un edificio determinado, con características estructurales similares a otras tantas alrededor del mundo, con un acomodo en el aula que se reproduce infinitas veces como un cuadro de Escher, cambiando apenas algunos detalles ¿es algo que necesitan realmente en este momento nuestros niños, niñas y jóvenes que se enfrentarán a un mundo lleno de desafíos e incertidumbres? Tratar de negar la realidad es una práctica que puede hacer mucho daño no sólo a quienes se encuentran en formación sino a la educación como concepto estructurado cuya obligación se encuentra en manos del estado y que debe sentar las bases para el desarrollo social y el posicionamiento global que toda nación requiere en estos momentos.

Las preguntas urgentes

¿La escuela es la única forma de educar? Nos queda claro que no, que los individuos aprendemos con ella, sin ella o a pesar de ella. Pero entonces ¿es necesaria la escuela? Para explicar este punto me gustaría tomar una analogía con las relaciones de violencia que se dan en las parejas: muchas veces los participantes de esta relación no pueden imaginarse a sí mismos fuera de ella, aunque la consideren tóxica, aunque tengan la clara percepción de que les hace daño y se sientan incómodos e imaginar un mundo sin la otra persona resulta insoportable a nivel emocional. Nos hemos acostumbrado tanto a la escuela que se convirtió en una institución imprescindible en nuestro imaginario social. Hagamos un ejercicio imaginativo: si la escuela no existiera ¿cómo aprenderían nuestros niños y jóvenes? Lo más probable es que extraerían infinidad de datos de internet, pero vámonos un poco más atrás ¿quién les enseñaría a leer esos datos? ¿cómo sabrían lo que significan? Tal vez los padres tendrían que enseñarles a hacerlo. Aunque parezca algo muy inverosímil, antes de la escuela pública y abierta las personas aprendían gracias a la educación que les proporcionaban los adultos más cercanos, padres, maestros artesanos, educadores callejeros, sus pares entre otros y muchas veces incluso sin intervención directa. Recordemos que los niños eran considerados seres inferiores, incluso, en algunas culturas eran equiparados a los negros, las mujeres y los animales, que, se creía, no poseíamos alma, por tanto, éramos considerados seres inferiores. No merecían ningún esfuerzo, incluso eran descartables y sustituibles, la atención a la infancia era nula y se creía que fuerzas extrañas y superiores determinaban su permanencia en el planeta y su eventual llegada a la edad adulta. Si querían sobrevivir debían adaptarse, aprender, convertirse en mano de obra útil para ganarse el sustento; se cuidaban unos a otros y se les consideraba accesorios. Bajo este panorama la única forma de que surgiera una institución como la escuela era la necesidad del mercado de alimentarse de mano de obra calificada para hacer funcionar las fábricas en la Era Industrial. Conforme hemos avanzado como sociedad el papel de la infancia se ha ido transformando, y la institución que le dio sentido social más allá de la mera utilización como mano de obra, otorgándole importancia humana, ha sido la escuela, pero ¿lo ha hecho para fines egoístas? Es decir, ¿para permanecer aun cuando puede cuestionarse su existencia y la real necesidad de continuar con un modelo que podría leerse como un lastre para el avance social?

Desde luego los educadores quizá no seamos los más adecuados para valorar objetivamente la necesidad de que la escuela continúe, somos los primeros involucrados y quienes tenemos más que perder en caso de que desapareciera esta institución, entonces analizar con frialdad y distancia tal vez sería imposible, pero si deberíamos hacer un ejercicio serio de reflexión, crítica y autocrítica para bosquejar la posibilidad, no sabemos si cercana o lejana, acertada o errónea, de que la escuela desaparezca, por lo menos como la conocemos.

Cuestionar la existencia y necesidad de la escuela, la única institución donde se imparte conocimiento en nuestras sociedades, es una acción urgente; abrir el panorama y plantearnos otras opciones para que nuestros niños se conviertan en adultos puede ser un ejercicio productivo que encamine nuestros pasos a una transformación favorable.

Preguntas importantes

Las preguntas importantes que nos tenemos que hacer para determinar el rumbo de la educación en nuestros países debe ir más allá de lo meramente próximo, de lo que tenemos ante nuestros ojos ¿Cuál es la finalidad de la educación? Podemos pensar que tiene que ver con “encauzar” el crecimiento de los niños, niñas y jóvenes, desde luego pero entonces el cauce que debemos dar ¿estará alineado con el mercado? ¿con lo que un país “necesita” para crecer? ¿cuál es el crecimiento que nos importa? Acumular riqueza hemos visto que no nos ha dado el mejor resultado, algunos se han dedicado a acapararla, dejando en el mayor desamparo a millones; tal vez no necesitamos personas que sepan producir riqueza material, quizá sea más importante enriquecerse a sí mismos, desde lo humano, lo profundamente empático, éticamente correcto, moralmente adecuado y no desde una lógica de producción mercantil que sólo proporcione bienestar material para algunos. Convertirse en mejor ciudadano debería, tal vez, convertirse en una prioridad. En este punto es importante recalcar que hemos estado décadas capacitando a nuestros jóvenes para convertirse en expertos en ciertas áreas, aislando el conocimiento en parcelas que no se conectan, forjando una falsa ilusión de que el ser buena persona no tiene nada que ver con ser un buen profesionista. Dominar un cúmulo de conocimientos, habilidades y procesos no necesariamente aporta valor social. Podemos ser altamente productivos y vivir para trabajar, forzándonos a ser esclavos de nuestra propia creencia de ser mejores que los demás por ello, pero ¿eso nos hace realmente mejores? ¿eso nos proporciona bienestar? ¿eso contribuye a que nuestra sociedad se fortalezca?

Uno de los desafíos más fuertes que enfrenta la escuela mexicana en este momento es el fomento de una cultura de la cooperación. Hemos criado y creado generaciones de personas bajo lemas tan difundidos como “el que no tranza no avanza” o “el que se mueve no sale en la foto”, fomentando la idea de que la única forma de prosperidad posible es a través del “compadrazgo”, el “amiguismo” y las alianzas por conveniencia. El premio y el castigo no se quedan en la etapa escolar. El niño que llega a casa con una estrellita en la frente automáticamente se piensa mejor que los otros. El más callado, el más obediente, el que sigue las normas y no piensa más allá de lo que se le pide, el que acusa a sus compañeros y se forja a sí mismo como si se tratara de demostrar constantemente, a todos y sin distinción que el aplauso, el reconocimiento, es lo único que nos puede proporcionar valía. Finalmente, el que “entra en la caja” y se convierte en una pieza más de un inacabado laberinto con incontables piezas exactamente iguales a él o ella. Pretende sobresalir en un mar de réplicas de las cuales no se sabe quién es la original, así vive en una constante tensión: por un lado, se le solicita ser original y diferente y por otro lado se le ha educado para ser exactamente igual a un modelo imposible de replicar. Se sabe bien que el ser humano es único e irrepetible pero el ser social que ha aceptado las reglas del mercado y por tanto del consumismo, aspira a parecerse al más famoso, al más bonito, al más rico, al más inteligente, aunque esa sea una carrera cuya difusa meta proporciona pingües ganancias a nivel emocional y altos niveles de estrés, sacrificando en el camino una serie de satisfacciones que podrían proporcionar más placer que la carrera estéril a la que es sometido.

Si quieres que tu escuela se sume al cambio, dejar atrás la “normalidad” que sólo te ha acarreado grandes dolores de cabeza en lugar de soluciones, es momento de considerar un verdadero golpe de timón. Cambiar de paradigma educativo sin dejar de cumplir con la normativa oficial es lo que te puede diferenciar frente a tu competencia. 

Da clic aquí para conocer los detalles.

¿Te gustaría que en lugar de una escuela X tu institución se convirtiera en una verdadera comunidad de aprendizaje divergente? Nosotros te podemos guiar en el proceso. Si quieres conocer más al respecto te invitamos a descargar nuestra guía “Innovar o morir, guía para líderes educativ@s”.