Vive la transformación de la Escuela

Educación Divergente, la clave de la innovación educativa

Transforma tu institución, crece exponencialmente y cambia la vida de tus estudiantes.

La educación supone y exige mucho más de lo que se alcanza a vislumbrar en la superficie. Estamos hablando de un proceso continuo que involucra todos los recursos del ser humano que es educado y de los que le rodean, es un proceso intencionado y, en algunos casos, que implica violencia, pues el sujeto receptor de él no siempre está en disposición de realizarlo.

Damos por sentado, como lo hicieron con nosotros, que un niño quiere y quizá hasta desea ser educado, sin embargo, esto no es necesariamente cierto; hay niños dóciles que están dispuestos a ser “moldeados” como dicen muchos padres y maestros, pero hay otros que requieren información, orientación y guía sólo en ciertos momentos específicos y para temas que son de su interés. A muchos de ellos no les interesa aprender a hablar, leer, comunicarse, aunque hayamos naturalizado, como sociedad, que eso es “lo correcto” ¿por qué deberían hacerlo? Algunos de estos niños crecen con la satisfacción de todas sus necesidades, los padres modernos aprenden a leer los signos y señales que les envían sin que requieran utilizar un lenguaje formal, pueden comer, dormir, les cambian el pañal y logran alcanzar objetos y posiciones sin siquiera tener que esforzarse; estas conductas se van fortaleciendo con el tiempo y nuestros niños, seamos francos, no necesitan aprender un lenguaje siempre y cuando estén cerca de sus padres o incluso de un dispositivo tecnológico, aunque este suponga el desarrollo de cierto código que le proporcione cierto nivel de comunicación.

La sociedad por un lado ha establecido normas conductuales referentes a la comunicación que parecerían muy claras y hasta estrictas, pero por otro lado los pequeños núcleos sociales, las familias, atomizadas y desvinculadas de las necesidades sociales, han establecido otras muy diferentes. Los padres que se consideran a sí mismos “pensantes” y “cultos” desafían constantemente el orden establecido, por el simple placer de hacerlo, muchas veces sin objetivos ni principios claros; por otro lado, continuamos con una gran disociación entre lo que se ha establecido y reproducido socialmente durante generaciones y que ahora nos enfrenta con una realidad totalmente diferente: la sociedad líquida. Este concepto acuñado por Zygmund Bauman que parece dejarnos en el desamparo como seres a los que se les ha inculcado esa falsa sensación de seguridad que nos da la rutina, lo mecánico que surge, sorprendentemente, apenas hace 200 años con el nacimiento de una de las instituciones más importantes, la escuela, esa organización panóptica que tiene intenciones muy definidas en su surgimiento.

Seguimos creyendo, de manera inconsciente que el mundo surgió cuando nosotros nacimos y que las cosas siempre han sido tal y como las aprendimos, pero este mundo ha sido tan cambiante como lo es ahora mismo, sin embargo la velocidad, en esta era incierta que unos llaman de la Comunicación, otros de la Información y otros, más pretensiosos, del Conocimiento, ha marcado un ritmo totalmente diferente, y es ahí donde lo sólido se ha vuelto líquido, donde los cambios vertiginosos parecen dejarnos desamparados y vulnerables. En este tiempo lo que aprendamos no nos da más que una certeza breve y fútil de lo verdadero, mañana no sabemos si eso seguirá siendo considerado socialmente “correcto” o si vendrá un nuevo conocimiento que derrumbe lo que “sabíamos”. Así el saber se convierte en algo que se nos escapa constantemente ¿qué sabemos? ¿Qué significa saber? Diferentes organismos internacionales, que parecen detentar (o así lo pretenden) el monopolio de lo correcto, de lo científico y sólido, han estructurado diversas normativas (indicadores, parámetros) que rigen lo que un niño debería lograr en su etapa escolar y para ello, (como la UNESCO), han estructurado una serie de lineamientos, estándares y “saberes” pero hoy mismo ese concepto ya está cambiando y saber no necesariamente implica la certeza que nos vendieron cuando éramos pequeños y que conste que estoy hablando de una generación joven, de adultos si, pero que no podríamos catalogar como ancianos, vaya, tal vez ni maduros emocional y socialmente hablando, una generación que está tan perdida como otras pero no se atreve a confesarlo.

Vivimos una época que nos ha marcado de diversas maneras, nos ha enfrentado con realidades que existían pero que desconocíamos y el saber sigue pareciendo cada vez más algo difuminado y lejano. Quizá por ahí deberíamos iniciar la discusión ¿qué es el “saber” hoy en día? El concepto de “inteligencia” se ha puesto en duda y hay múltiples demostraciones científicas en torno a ello, aun así, en la escuela seguimos empleando el término inteligencia como una sola, tal vez si ponemos en duda el concepto de “saber” nos estemos enfrentando a uno de los demonios innombrables que no queremos tocar, a los que tenemos miedo la mayoría de los que, supuestamente “sabemos” algo del tema.

Nuestras sociedades, que tienden a ser una sola, respondiendo a los llamados de algunas de las naciones más poderosas (consideradas y erigidas por ellas mismas bajo este concepto) se debaten en tensiones diversas, una de ellas la polarización. La polarización no sólo se ha dado al interior de las sociedades donde vemos ricos muy ricos y poderosos y pobres cada vez más sojuzgados y sin los recursos mentales mínimos para enfrentar no digamos su crecimiento, por lo menos su subsistencia; sino que también podemos ver claramente cómo hay países poseedores y constructores del conocimiento que avanzan a pasos agigantados, marcan rutas y determinan lo “bueno” y lo “malo”, mientras otros países parecemos destinados a sólo seguir órdenes y bregar contra corriente en una lucha desgastante sin poder avanzar gran cosa, siempre siendo los parientes apestados o los “pobrecitos pobres” que sólo inspiran lástima. La cultura de la lástima ha permeado tan profundamente que justo en ella se basan los modelos políticos y económicos de la mayoría de los países de nuestra región, Latinoamérica.

Estos países “poderosos” que marcan ruta no sólo dictan en materia económica, no sólo cambian las reglas a su antojo y nos imponen retos que no queremos o no deberíamos tomar, sino que dictan cómo debemos comportarnos, qué debemos pensar y cómo debemos establecer nuestras prioridades; y todo esto lo hacen a través de la imposición de políticas en materia educativa, social, política, de comunicaciones y explotación de recursos naturales. Mientras las normas ambientales son tan estrictas en países como Canadá, las mismas mineras canadienses vienen a países de Latinoamérica e implementan el fracking de manera brutal sin que nadie les diga nada, acabando con los recursos, envenenando y desplazando comunidades enteras, por poner un solo ejemplo.

Latinoamérica no puede seguir comportándose como el patio trasero de grandes potencias, tratando de imitar a otros que marcan el rumbo, contamos con el talento, la capacidad y sobre todo, el espíritu. Nos crecemos ante la adversidad, prueba de ello es todo lo que estamos viviendo en estos momentos y cómo gigantes como EEUU o varios países de Europa han sido doblegados por una pandemia que enfrentamos hoy por hoy, con gran inteligencia ¿Qué ha marcado la diferencia? ¿Millones de dólares invertidos? ¿Gran tecnología de punta? ¿Los ejércitos entrenados en estrategias de alta complejidad militar? ¡No! La ciencia, hacerles caso a nuestros científicos. A estas alturas, entonces debería habernos quedado claro que la mejor inversión que podemos hacer es en la investigación, la innovación y la ciencia y ¿Qué mejor lugar para que este cambio de paradigma social nos catapulte hacia los primeros lugares de bienestar global que la escuela?

En este momento los protagonistas son los médicos, enfermeras, personal hospitalario e investigadores y desarrolladores médicos, pero muy pronto, tras el control de esta pandemia, cuando la vida comience a retomar su cauce, los educadores quedaremos en la primera línea y será momento de tomar grandes decisiones. Si quieres que tu escuela se sume al cambio, dejar atrás la “normalidad” que sólo te ha acarreado grandes dolores de cabeza en lugar de soluciones, es momento de considerar un verdadero golpe de timón. Cambiar de paradigma educativo sin dejar de cumplir con la normativa oficial es lo que te puede diferenciar frente a tu competencia.

¿Te gustaría que en lugar de una escuela X tu institución se convirtiera en una verdadera comunidad de aprendizaje divergente? Nosotros te podemos guiar en el proceso. Si quieres conocer más al respecto te invitamos a descargar nuestra guía “Innovar o morir, guía para líderes educativ@s”.